Que quede claro, fue la gente...los políticos se escondieron como avestruces.

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La tragedia abrió paso a lo mejor que tiene nuestro país: su gente. Al igual que en el temblor que devastó a la Ciudad de México en 1985, 32 años después la gente salió a las calles con un solo propósito: ayudar a víctimas y salvar vidas. 

 La irrupción de la sociedad civil ante el caos fue inmediata. 

 Las imágenes de edificios colapsados y cientos de manos de civiles quitando piedra por piedra para rescatar a las personas atrapadas bajo las ruinas inundaron las redes sociales y noticiarios de televisión en segundos. 

 Las expresiones de solidaridad brotaron por doquier.



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  La gente venció el miedo, la histeria, el pánico y emprendió la mejor de las luchas: salvar vidas. Cadenas humanas se formaron retirando escombros para llegar a las personas que quedaron bajo placas de concreto y fierros retorcidos. 

 Asombrados, vimos filas interminables de manos polvorientas abrazando a la Ciudad que minutos antes fue sacudida por un sismo de 7.1 grados de magnitud. Cientos de ellos, ante las líneas de telefonía fallando, no sabían ni siquiera si sus familiares se encontraban bien, el impulso solidario fue más grande. 

 Y así, en minutos, el pueblo mexicano se organizó en medio de la tragedia, en medio de gritos de auxilio y ante la zozobra de que las estructuras terminaran por colapsar, el llamado innato a salvar vidas prevaleció por encima de todo y de todos.

 El apoyo no paró, hora tras hora se fueron incorporando bomberos, elementos de la Marina, del Ejército, Protección Civil, redes sociales se volcaron al unísono de los que estaban en las calles, difundiendo información, teléfonos de emergencia, peticiones, ofreciendo sus casas, tuiteando sus contraseñas de wifi, la unión de la gente mostró su fuerza y la reacción de ésta fue descomunal, desencadenó una oleada de apoyo que sacudió nuestras conciencias adormecidas ante el vaivén rutinario de los tiempos de corrupción e impunidad que vivimos como país. 

 El pueblo herido por un gobierno omiso, indolente y corrupto, se levantó y se levantó con fuerza.

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Para ayudar al prójimo en desgracia, gente de todas las clases sociales se mezclaron, dándose la mano, cobijándose los unos con los otros ante el dolor de perder a un ser querido, frente a la montaña de ruinas que se erigía frente a ellos, cientos, miles, no dudaron un segundo, se entregaron por completo, dando lo mejor que tienen: su corazón, su apoyo, su solidaridad, su valentía. 

 Gente excepcional, niños, jóvenes, adultos, cooperando de diversas formas, organizándose espontáneamente con un solo fin: ayudar desinteresadamente. Gente útil y eficaz; gente maravillosa; nuestra gente. 

 Esta tragedia puede ser el golpe de timón que nos marque el camino a seguir y catapultarnos, unidos, a un destino diferente; a un mejor México. 

 La sociedad civil organizada está ahí, latiendo, esperando su turno para florecer en medio del caos, con la inquebrantable certeza de que juntos podemos todo. No podemos seguir bajando el rostro ante la crisis que como país atravesamos por la impunidad que nos gobierna, el ejemplo de miles de mexicanos cooperando, anteponiendo su vida para salvar la de otro, debe ser ejemplo que cunda en todos nosotros.

 Gente excepcional nos marca el camino a seguir. 

 Gente maravillosa nos ofrece un nuevo y mejor México a construir.

 Unidos, podemos.

 Unidos lo lograremos.

 Es nuestro turno. 

Nos toca.

 Por ellos, por los caídos, por los que perdieron a seres queridos, se los debemos.

 Gente excepcional, el pueblo de México.

 Gracias por tanto. 

Sigamos su ejemplo.

Con información de guruchuirer.com

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